Indivisibilidad de la Mente del Lama, del Buda y tu Propia Mente

La mente del gurú, la mente del Buda y tu propia mente son una. Al comprender esto, sabes que tu mente nunca está separada de la mente del gurú.

Empezamos a entender esto identificando la naturaleza del amor y la compasión; el gurú real es amor y compasión, y quien posee amor tiene la misma mente. El amor siempre es igual. El amor del gurú y tu propio amor —y el amor de todos— tienen la misma cualidad. Es el amor que, por ejemplo, siente una madre por su hijo.

Primero identifica esa sensación de amor cuando surge. Es el mismo tipo de amor hacia todos, hacia cualquier ser, con o sin cuerpo; siempre es el mismo amor. La cualidad es idéntica, pero existen diferencias en la fuerza y los límites de ese amor.

Cuando el amor surja en tu mente, debes reconocerlo como el mismo amor del gurú, aunque el amor del gurú es mucho mayor que el tuyo. La saṅgha y todos los maestros espirituales poseen un amor mucho más grande que el tuyo.

También se dice que el Buda es quien ama a todos los seres sintientes. Es el mismo amor; la única diferencia radica en su fuerza y sus límites. El amor del maestro es un amor ilimitado, mientras que el nuestro suele tener límites.

Amamos a unos, pero no amamos a otros; es un amor limitado. Reconoces que tienes la misma clase de amor, pero también reconoces que el tuyo es limitado y piensas: “Debo aumentar este amor”. Así que primero, reconoce esa sensación de amor y que tu amor es igual al de tu gurú. Al reconocer eso, reconoces la bodhicitta relativa.

Debemos mantener la atención en nuestra meditación. Al meditar, primero debemos reconocer todos los pensamientos: todas las emociones, las aflicciones, todo lo que surge en la mente. Especialmente cuando surgen aflicciones poderosas, gran sufrimiento y grandes problemas, debemos ser capaces de reconocerlos.

Para saber qué tan alta es tu realización de la visión, observa tu reacción ante una circunstancia negativa. Cuando enfrentes una gran dificultad o sientas una fuerte aflicción —por ejemplo, cuando surja una ira intensa—, en ese momento debes recordar mantenerte atento a la visión.

Si eres capaz de sostener la visión, podrás dejar de pensar en la aflicción. Tienes que recordar la visión de vipaśyanā en ese momento. Mira la aflicción mientras surge, reconócela y no la sigas. Entonces, a través de la práctica, la aflicción eventualmente se irá. Todos esos sentimientos negativos y aflicciones desaparecerán, y la mente se volverá muy clara una vez que se hayan ido.

Esa mente clara que permanece es igual a la mente del gurú; no hay diferencia alguna. Es la atención la que constituye el gurú real; esa atención es, de hecho, el gurú último.

Al principio, el momento de claridad y reconocimiento no durará mucho. Reconoceremos algunos pensamientos y la mente estará clara, pero luego surgirán más pensamientos nuevamente.

El tiempo que podremos mantener la atención será muy corto, pero con la práctica, tenemos que extender ese lapso cada vez más. Lo hacemos contrarrestando cada pensamiento y cada aflicción en el momento en que aparecen, una y otra vez.

Surge una aflicción; aplicas un antídoto, mantienes la atención y esta desaparece. Y luego surge otra, y otra, y así continúa. Debemos habituarnos a aplicar el antídoto a cada una de esas aflicciones hasta que se hayan desmoronado todas, una por una. Con el tiempo, todas se asentarán naturalmente y entonces la mente podrá simplemente morar en su estado natural.

Esa es la mente del gurú, la bodhicitta última.

Primero logramos comprender cómo nuestra atención y la del gurú son lo mismo, y luego debemos practicar continuamente.

En este punto, todavía hay una diferencia entre nuestra mente y la mente del gurú. La diferencia no radica en los pensamientos ni en las aflicciones, porque las aflicciones también surgen en la mente del gurú. Lo que surge es lo mismo, pero la diferencia está en cómo se liberan, o cómo lidiamos con lo que surge.

Esto es lo que marca la diferencia entre una persona ordinaria y un lama. Las aflicciones surgen de la misma manera, pero el modo de tratarlas difiere. Un maestro espiritual es capaz de soltar esas aflicciones. Surgen, sí, pero el maestro no se aferra a ellas, simplemente las deja estar, por lo que se disuelven de nuevo.

A una persona ordinaria le surge la misma aflicción, pero luego se aferra a ella. Piensa en ella una y otra vez, hasta que actúa impulsada por ella.

La diferencia entre un practicante superior y un ser ordinario inferior es que los seres ordinarios retienen sus pensamientos. Consideran que esos pensamientos son verdaderos y válidos, y se aferran a ellos repetidamente. Las aflicciones se vuelven casi como sus amigos; ellos respaldan sus aflicciones.

Por ejemplo, se sienten justificados para contraatacar, para responder de alguna manera y tomar represalias. Piensan que deben aferrarse a eso; creen que es lo correcto. Pero un ser superior simplemente lo dejará ir.

La falta realmente proviene de aferrarse a los pensamientos y aflicciones que surgen. Pero es difícil simplemente soltar, porque nos hemos habituado a ese aferramiento desde el tiempo sin principio hasta ahora.

Es importante reconocer que aferrarse a esas aflicciones solo conducirá a dificultades en todas las vidas futuras. Si te aferras a ellas, solo puedes generar dificultades y faltas, por lo que es mejor simplemente soltarlas y dejarlas estar.

Si realmente eres capaz de soltar y liberar tu propio pensamiento, tus enemigos y adversarios también se liberarán lentamente del aferramiento. Si practicas la paciencia pase lo que pase, entonces es posible que tu “enemigo” finalmente se convierta en tu amigo. Ese es un beneficio temporal que puede provenir de liberar tus pensamientos.

En última instancia, cuando todos los pensamientos se liberan, tu mente será la mente del gurú; esa es la realización de la bodhicitta última. A medida que nos entrenamos en la meditación, debemos comprender gradualmente que nuestra propia mente y la mente del gurú son indivisibles.

Si tienes un gurú en quien confías mucho, alguien a quien le tienes gran devoción, entonces cuando piensas en ese gurú en un momento de devoción muy fuerte, tu intensa devoción tiene el poder de detener todo pensamiento ordinario.

Cuando surge una fuerte devoción, todos los pensamientos ordinarios simplemente se detienen y, en ese instante, tu mente y la mente del gurú son exactamente iguales, por lo que realmente se fusionan.

A veces, cuando las personas experimentan dificultades o están a punto de morir, son capaces de pensar en el gurú y este se les aparece. Lo que ven es la forma del gurú con la que están familiarizados. Han desarrollado una huella habitual del gurú en esa forma, por lo que el gurú se manifiesta así.

Lo que parece aparecer es la forma del gurú; sin embargo, lo que realmente aparece es la mente del gurú. Es en verdad la mente del gurú lo que se percibe entonces.

La gente podría pensar que lo que se les aparece no es realmente el gurú, pero de hecho, es la mente del gurú. Incluso si no ves la forma del gurú, tu mente igual se fusiona con la del gurú. Esa es la cualidad de la devoción; incluso sin una forma, el gurú puede manifestarse ante ti a través del poder de tu devoción.

Además, cuando practicas la etapa de creación de la deidad y la visualizas, habrá un destello momentáneo donde la deidad aparece solo por un instante y luego desaparece de nuevo; pero incluso en ese breve instante, lo que aparece es la deidad real.

Del mismo modo, cuando piensas en el gurú y este aparece, ese es el gurú real. Y ese gurú en la naturaleza de la mente, esa forma mental del gurú, es la mente.